Abrió los ojos.
Cerró los ojos.
Los volvió a abrir.
Se asombró pensando que la oscuridad parecía tener vida. Como si fuera una masa caliente y pesada que quería entrarle en el cuerpo por los poros.
No era miedo, era extrañeza, no más.
Y los ruidos que dejaban de ser cotodianos; las aspas del ventilador de techo que rechinaban con ritmo - chirrido, soplo, soplo, soplo, chirrido, soplo, soplo -; las gotas de la canilla del baño que se reiteraban interminables y el roce de la piel contra las sábanas que se arrugaban bajo su espalda.
"No quiero pensar", pensó.
Le dolían las articulaciones y se encontró reconociendo, casi gozando, el dolor. Todo le parecía nuevo. Sin el consuelo de las aspirinas. Todo dólía.
Estrenando sentimientos en la noche.
No era sensiblería, eran dudas, no más.
Estiró la mano y tocó el muslo que yacía a su lado.
Trató de sentir más allá de la tela; siempre le gustó la piel de adentro, tan suave, tan lisa.
Era suya, esa piel le pertenecía.
"No me quiero acordar", recordó.
Apretó la rodilla que yacía a su lado, con suavidad, con ternura, con despedida.
Deseó dormir y despertarse y que fuera ayer, y no haberlos visto.
Pudo clavarle un cuchillo.
Pudo envenenarle la comida.
Pudo disparale con la matagatos.
Pero no pudo.
Estiró la mano y tanteó la mesa de luz, el primer cajón. Lo abrió sabiendo que siempre se atascaba en las correderas, le gustó que siguiera previsible.
Tomó la bolsita de papel, siempre con una mano; la otra se adhería al cuerpo ajeno.
"Era mío", se lamentó, "era mío".
Sacó el espiral y la chapita, la caja de fósforos, el platito, la vergüenza y el rencor.
Encajó el espiral en la chapita, apoyó la chapita en el platito, puso el platito en la mesa. Recuperó su otra mano y encendió un fósforo.
La luz le hizo cerrar los ojos.
Casi lo apaga.
"Mierda", pensó, "mirá lo que tengo que hacer·
Acercó el fósforo a la punta verde, tardo unos segundos y se encendió; primero la llama y después el ascua que empezaba el lento recorrido circular.La pestilencia subió y se expandió por todo el cuarto. Imaginó que el vaho se aplastaba contra los muebles y lamía las paredes.
Inspiró hondo y sonrió.
-¿Qué hacés? ¡Sabés que no soporto el olor! - habló la boca que ya no era suya.
Se levantó despacio. En la oscuridad la brasa crecía quemando insecticidas y traiciones.
-Apagá eso, te digo!
Recorrió el dormitorio de memoria. Sabía que la galería del patio esperaba con su luz de luna, sus mosquitos y su necesaria soledad. Apoyó la mano en el picaporte.
-Que te lo apague la otra - dijo.
Y salió cerrando con un portazo.
AGREGADO:
EL DIA 5 /09 SALIO MI JUBILACION.
37 AÑOS DEDICADOS A LA DOCENCIA, NO ME ARREPIENTO DE HABER ESCOGIDO ESA PROFESION QUE DEBE SER DIGNIFICADA COMO SE MERECE.
PARECE QUE FUE AYER CUANDO TOME LA PRIMER SUPLENCIA!
CUANTOS NIÑOS HAN PASADO POR MI VIDA!
TODOS Y CADA UNO DE ELLOS HAN DEJADO SU HUELLA....
DEJO EL CAMINO A LAS NUEVAS GENERACIONES....
GRACIAS POR COMPARTIR MI ALEGRIA...AUNQUE UNA LAGRIMITA ASOMA REBELDE....


